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domingo, 23 de mayo de 2010

Tangentes


Las azarosas trayectorias espaciales y temporales que recorremos en nuestra vida diaria nos llevan al casual encuentro de muchos semejantes a lo largo del día. Seres que se cruzan, con indiferencia la mayor parte del tiempo; sinuosos recorridos que se entreveran, convergen y se distancian definitivamente; un cúmulo de invisibles caminos que creamos en nuestros recorridos y que nos ofrecen múltiples posibilidades de coincidencia. Nuestras vidas son líneas curvas que se entrecruzan, la mayor parte de las veces sin consecuencia alguna. Cualquier encuentro casual es una posible puerta a nuevos mundos, a nuevas vidas. Algunos encuentros son cruces de camino que nos desvían hacia nuevos paisajes llenos de incertidumbre o ilusión, de miedo o esperanza. Una mirada mantenida, un roce casual, una sonrisa apropiada, un olor, un gesto, un color…

Lo que nos agita.


¿Qué cosa es capaz de estimular, en un instante, nuestra vida? ¿Qué nos distrae del sopor de la monotonía? ¿Qué nos excita, nos incita, nos agita, nos remueve, nos conmueve? ¿Qué nos impele a abandonar nuestro cómodo asiento, a pasear inquietos, con el pensamiento revuelto como si hubiera ingerido un alimento extraño que nos abre nuevas puertas a la experiencia? ¿Qué convierte a nuestras aletargadas neuronas en una orgía sináptica, en un cáos de corrientes eléctricas, en un mareante divagar de pensamientos que, alocados, pugnan por sobresalir? ¿Qué no acelera el corazón, nos eriza el vello, nos derrama una lágrima, nos cierra los ojos, nos anuda la garganta? ¿Qué maravilloso acontecimiento es capaz de convertir un cotidiano instante en el más estimulante de los segundos?

Una canción en la radio, una mirada mantenida, un fugaz rayo de sol, el comentario perfecto, una secuencia mágica, la frase de una novela, un poema joven, un artículo oportuno, un roce, un susurro, una brisa, una ola, un aroma, un recuerdo…


Espanto diario.

“El verdadero tema de la literatura es la vejez” (Fernando Vallejo).

Y puede que de la vida. Aún antes que la muerte está la vejez. La muerte no la sufrimos porque en ella no hay nada; no es una meta porque, como lugar, no existe; no es un destino porque alcanzarla significa llegar a ningún lado. Pero la vejez, esa sí que es parte de nosotros, vívida, sentida, sufrida, enfermiza, decadente. Pensamos que nuestro destino es la muerte, irremediable e irrenunciable, pero nuestra auténtica meta es el progresivo deterioro del cuerpo, de la percepción, del deseo, del sexo, de los sentidos, de la vida. He ahí nuestro auténtico final que comienza en nuestro primer aliento, en nuestro primer llanto, cuando la primera molécula de oxígeno empieza la descomposición de la materia. La muerte es la liberación de la decrepitud, de la decadencia, del anticipado inicio de la putrefacción de nuestro cuerpo. Huesos roídos, carnes caídas, órganos inflamados, ojos irritados, oídos apagados, estómagos ulcerados, penes fláccidos, cerebros sumidos en el olvido de uno mismo. Qué mejor tema para la literatura. Y para alimentar nuestro espanto diario.